jueves, 5 de junio de 2014

1 de Agosto. Alcanzamos la meta: Saint Alexis. Primeras experiencias.


Y el día llegó. La lluvia nos esperaba para despedirnos de Mali. Con Elí emprendimos el viaje hacia la misión de Saint Alexis. Pero previamente pagamos el peaje por circular a través de la carretera que une la capital con la frontera. Por cierto, una carretera con un firme sin baches, recta y ancha, semejante a nuestras vías rápidas.

Gracias al cine y la televisión toda nuestra mirada se encuentra tamizada por las películas y los documentales. Para nosotros, no para Elí, quien frecuentemente cruza la frontera inexistente antes de la colonización, cuando la misma etnia era dueña de las tierras, todo ello constituía una nueva experiencia. En el recuerdo quedaba como una sombra la frontera hispano-francesa, con sus respectivos trámites.

La frontera es lugar de paso y por tanto bullicioso, con personas cruzando de un país a otro. Allí los militares y los policías custodian y controlan el paso de las gentes. Para nosotros todo fue fácil gracias a este salesiano. Controles, cumplimentación de los formularios, presentación del pasaporte con las visas correspondientes, pago de las tasas y a circular en otro país. El tercer visitado en dos años por quien escribe. Guinea Conakry era ya una realidad. Después de dos horas cómodamente viajando alcanzamos la misión.

Sobre el mapa ésta se halla en un recóndito rincón de este país, lejos de la capital y de la costa. En la memoria las conversaciones con el padre Rafael, cuando nos comunicó de su pronto traslado a esta obra salesiana.

Allí ante nosotros una realidad muy diferente a los centros de Lomé, Kara o Bamako, destacando por la falta de medios y pobreza, tanto material como en religiosos. Tan sólo tres salesianos y uno de ellos, el director, compartiendo su tiempo con Kankan. Sin luz continua hasta hacía unas semanas.

Y sin embargo, ¡cuánta belleza hallamos en este lugar! La misión ideal para un sacerdote que desee unir su vida con los últimos: la casa de los salesianos con la capilla, habitaciónes, comedor y sala de comunidad, otro pabellón con aulas, la casa donde vivió una comunidad de religiosas, la escuela, los talleres de formación profesional, el dispensario y la iglesia de Saint Alexis.

La misión y el poblado nacieron al mismo tiempo, cuando un grupo de cristianos acompañados por los misioneros dejaron tras de sí Mali y amparados por la metrópoli francesa, quien donó las tierras, levantaron el poblado y la misión. Años después los misioneros fueron expulsados y ellos, gracias a un catequista, mantuvieron durante treinta años la fe católica. Posteriormente los padres salesianos tomaron el testigo y siguieron cultivando el árbol plantado hace casi un siglo por aquel grupo de discípulos del maestro.

Allí con los brazos abiertos nos esperaba el Padre Rafael, en la soledad y el silencio de la misión. Comenzamos a vivir la experiencia en este lugar tan encantador y diferente a Kara. Mientras quien escribe aprovechaba para descansar en su habitación, los compañeros iniciaron los primeros encuentros con los lugareños. Fue con un niño, el hijo de la cocinera, quien él o la Providencia los llevó a dos lugares significativos para la parroquia: el cementerio de los fundadores y el actual camposanto. En el primero esperan la resurrección los padres de la misión, aquellos que buscando un lugar donde fuesen respetados, levantaron las chozas y la iglesia. Allí estaban las raíces de la fe. Y en el segundo el padre del niño.

Tarde luminosa, africana, de niños correteando y jugando al futbol, mientras los jóvenes con sus motos circulan por los caminos. Primeros momentos en los que sin conocer el idioma comenzamos a impregnarnos de una realidad con un mismo color y luz, pero con diferentes tonalidades, la de unas gentes más cercanas al sahel que al golfo de Guinea, el África profunda.

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