Y el día llegó.
La lluvia nos esperaba para despedirnos de Mali. Con Elí emprendimos el viaje
hacia la misión de Saint Alexis. Pero previamente pagamos el peaje por circular
a través de la carretera que une la capital con la frontera. Por cierto, una
carretera con un firme sin baches, recta y ancha, semejante a nuestras vías
rápidas.
Gracias al cine
y la televisión toda nuestra mirada se encuentra tamizada por las películas y los
documentales. Para nosotros, no para Elí, quien frecuentemente cruza la
frontera inexistente antes de la colonización, cuando la misma etnia era dueña
de las tierras, todo ello constituía una nueva experiencia. En el recuerdo
quedaba como una sombra la frontera hispano-francesa, con sus respectivos
trámites.
La frontera es
lugar de paso y por tanto bullicioso, con personas cruzando de un país a otro.
Allí los militares y los policías custodian y controlan el paso de las gentes.
Para nosotros todo fue fácil gracias a este salesiano. Controles,
cumplimentación de los formularios, presentación del pasaporte con las visas
correspondientes, pago de las tasas y a circular en otro país. El tercer
visitado en dos años por quien escribe. Guinea Conakry era ya una realidad.
Después de dos horas cómodamente viajando alcanzamos la misión.
Sobre el mapa
ésta se halla en un recóndito rincón de este país, lejos de la capital y de la
costa. En la memoria las conversaciones con el padre Rafael, cuando nos
comunicó de su pronto traslado a esta obra salesiana.
Allí ante
nosotros una realidad muy diferente a los centros de Lomé, Kara o Bamako,
destacando por la falta de medios y pobreza, tanto material como en religiosos.
Tan sólo tres salesianos y uno de ellos, el director, compartiendo su tiempo
con Kankan. Sin luz continua hasta hacía unas semanas.
Y sin embargo,
¡cuánta belleza hallamos en este lugar! La misión ideal para un sacerdote que
desee unir su vida con los últimos: la casa de los salesianos con la capilla,
habitaciónes, comedor y sala de comunidad, otro pabellón con aulas, la casa
donde vivió una comunidad de religiosas, la escuela, los talleres de formación
profesional, el dispensario y la iglesia de Saint Alexis.
La misión y el
poblado nacieron al mismo tiempo, cuando un grupo de cristianos acompañados por
los misioneros dejaron tras de sí Mali y amparados por la metrópoli francesa,
quien donó las tierras, levantaron el poblado y la misión. Años después los
misioneros fueron expulsados y ellos, gracias a un catequista, mantuvieron
durante treinta años la fe católica. Posteriormente los padres salesianos
tomaron el testigo y siguieron cultivando el árbol plantado hace casi un siglo
por aquel grupo de discípulos del maestro.
Allí con los
brazos abiertos nos esperaba el Padre Rafael, en la soledad y el silencio de la
misión. Comenzamos a vivir la experiencia en este lugar tan encantador y
diferente a Kara. Mientras quien escribe aprovechaba para descansar en su
habitación, los compañeros iniciaron los primeros encuentros con los lugareños.
Fue con un niño, el hijo de la cocinera, quien él o la Providencia los llevó a
dos lugares significativos para la parroquia: el cementerio de los fundadores y
el actual camposanto. En el primero esperan la resurrección los padres de la
misión, aquellos que buscando un lugar donde fuesen respetados, levantaron las
chozas y la iglesia. Allí estaban las raíces de la fe. Y en el segundo el padre
del niño.
Tarde luminosa,
africana, de niños correteando y jugando al futbol, mientras los jóvenes con
sus motos circulan por los caminos. Primeros momentos en los que sin conocer el
idioma comenzamos a impregnarnos de una realidad con un mismo color y luz, pero
con diferentes tonalidades, la de unas gentes más cercanas al sahel que al
golfo de Guinea, el África profunda.
No hay comentarios:
Publicar un comentario