martes, 3 de junio de 2014

Miércoles 31. África.


Amanece después de una noche de fiesta. Ellos han disfrutado bebiendo mi sangre y dejando en todo mi cuerpo las picaduras. Si vas a África no te olvides el repelente contra los mosquitos. Pero bien compartí mi sangre con los insectos autóctonos.  Por la mañana visitamos la granja de los salesianos, para ello abandonamos la ciudad y por los caminos disfrutamos contemplando el mercado y las gentes. Por la tarde nos acercamos al obispado. Y como no, nos visita la lluvia. Pero el alma africana es fuerte y recia, ellos aguantan las lluvias torrenciales, la vida sigue, pausadamente, sin detenerse. Mujeres con los niños sobre su espalda trabajando, niños vendiendo productos. Las sensaciones son múltiples. Las fotografías me sumergen en los recuerdos, en lo invisible de cada una de ellas. Pobreza extrema, invadida por los móviles, la última colonización occidental, en este mundo globalizado, donde el africano sueña con Europa e intenta vivir como los europeos, con su movil, muchas veces sin tarjeta; su facebook, desde los ciber; un vehículo particular, una moto china que se rompe a los pocos kilómetros; la pasión por los equipos de futbol cual socios del Real Madrid o Barcelona, desde la televisión de un bar; vistiendo como nosotros, con la ropa de segunda mano.

Tierra donde el ser humano es el protagonista, ciudades y pueblos rebosantes de personas y por tanto de vida, hombres y mujeres de rostro serio, cual pozo desde la profundidad irradia luz. Y nosotros paseamos o circulamos por allí, conscientes de llamar la atención por nuestro color.

Y así anocheció en la misión. Los misioneros descansan en una vida marcada por el sacrificio. Ésta es una de las mejores experiencias vividas en África, el encuentro con estos españoles, héroes anónimos que un día dejaron a sus padres para servir a la Iglesia, lejos de su hogar, conscientes del precio que tenían que pagar, no sólo el sufrimiento de sus progenitores, sino la enfermedad de la malaria. Fotos

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