Amanece después
de una noche de fiesta. Ellos han disfrutado bebiendo mi sangre y dejando en
todo mi cuerpo las picaduras. Si vas a África no te olvides el repelente contra
los mosquitos. Pero bien compartí mi sangre con los insectos autóctonos. Por la mañana visitamos la granja de los
salesianos, para ello abandonamos la ciudad y por los caminos disfrutamos
contemplando el mercado y las gentes. Por la tarde nos acercamos al obispado. Y
como no, nos visita la lluvia. Pero el alma africana es fuerte y recia, ellos
aguantan las lluvias torrenciales, la vida sigue, pausadamente, sin detenerse. Mujeres
con los niños sobre su espalda trabajando, niños vendiendo productos. Las
sensaciones son múltiples. Las fotografías me sumergen en los recuerdos, en lo invisible
de cada una de ellas. Pobreza extrema, invadida por los móviles, la última
colonización occidental, en este mundo globalizado, donde el africano sueña con
Europa e intenta vivir como los europeos, con su movil, muchas veces sin
tarjeta; su facebook, desde los ciber; un vehículo particular, una moto china
que se rompe a los pocos kilómetros; la pasión por los equipos de futbol cual
socios del Real Madrid o Barcelona, desde la televisión de un bar; vistiendo
como nosotros, con la ropa de segunda mano.
Tierra donde el
ser humano es el protagonista, ciudades y pueblos rebosantes de personas y por
tanto de vida, hombres y mujeres de rostro serio, cual pozo desde la
profundidad irradia luz. Y nosotros paseamos o circulamos por allí, conscientes
de llamar la atención por nuestro color.
Y así anocheció
en la misión. Los misioneros descansan en una vida marcada por el sacrificio.
Ésta es una de las mejores experiencias vividas en África, el encuentro con
estos españoles, héroes anónimos que un día dejaron a sus padres para servir a
la Iglesia, lejos de su hogar, conscientes del precio que tenían que pagar, no
sólo el sufrimiento de sus progenitores, sino la enfermedad de la malaria. Fotos
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