Therese. Así se
llama la hija de la cocinera y directora del coro parroquial. Es una niña más
en un poblado donde ellos son la mayoría. Ella nos mira, quizás con extrañeza,
con la mirada de una niña que observa una piel blanca y unos rasgos extraños,
que rompen la monotonía de África. Hombres que hablan un idioma diferente, en
su tono semejante al francés.
Primer día en
Saint Alexis. Con el amanecer África se levanta. A las seis nos encontrábamos
en la Iglesia, celebrando la eucaristía. Capilla iluminada merced a la energía solar, con bombillas de
bajo consumo y linternas alógenas.
Allí con los
padres salesianos Rafael y José Miguel compartimos la eucaristía. La Iglesia
llena de hombres y mujeres, y algunos niños en los bancos. La misa diaria y
ellos allí estaban. Tienen a Dios. Los cantos, fruto de los treinta años sin
contacto con la Iglesia, en latín. A las ocho comenzamos la visita del poblado,
ésta nos llevó al cementerio de los fundadores, algunas casas y un bar situado
sobre una colina, con una panorámica del valle, atravesado por el río Niger,
cual blanco rebaño serpenteante descendía hacia Mali. Comida, descanso,
oración, cena, lectura y descanso.
Una jornada
para dejarse acariciar por la luz africana, mirar, contemplar, sentir y conocer
este sorprendente continente, compartir meses después con vosotros.
Tierra de niños
de mirada penetrante y niñas convertidas desde pequeñas en cuidadoras de sus
hermanos más pequeños, llevándolos como sus madres sobre las espaldas,
arrodilladas limpiando el suelo y cargando sobre la cabeza el agua procedente
de la fuente. Jóvenes soñando con una moto, niños en la huerta estéril. Casas
donde la choza se funde con el edificio rectangular con su porche y
habitaciones, sin luz, cocinas de carbón con las ollas africanas, ubicadas en
el exterior. Animales domésticos, conviviendo con las personas. Niños que
juegan con ruedas de plástico. Bares donde la televisión con su parabólica para
ver los partidos de futbol europeos es la protagonista, a la que suman las
cervezas en lata y los refrescos. Los vestidos estampados con vivos colores y
los tejanos y prendas de vestir occidentales.
Todo tan
diferente y a la vez tan semejante. Es el primer día, tiempo de silencio en la
habitación y tiempo de encuentro con este pueblo acogedor, estas buenas gentes
.
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