viernes, 6 de junio de 2014

2 de Agosto. Sumergidos en la misión.


La noche anterior, recuerdo en estos momentos, mientras cenábamos, unos gritos de dolor traspasaron las ventanas de la misión. La familia de un catequista lloraba la muerte de éste. Tras ser intervenido quirúrgicamente, apenas dos días de postoperatorio, fue enviado a casa, infección y muerte. Iluminados por las linternas, descendimos por una pequeña ladera, entrando en el conjunto de chozas que formaban este hogar. Sin luz, en la oscuridad entramos en la casa y allí rezamos por él. Las mujeres rodeaban el cadáver, los hombres esperaban fuera.
Therese. Así se llama la hija de la cocinera y directora del coro parroquial. Es una niña más en un poblado donde ellos son la mayoría. Ella nos mira, quizás con extrañeza, con la mirada de una niña que observa una piel blanca y unos rasgos extraños, que rompen la monotonía de África. Hombres que hablan un idioma diferente, en su tono semejante al francés.

Primer día en Saint Alexis. Con el amanecer África se levanta. A las seis nos encontrábamos en la Iglesia, celebrando la eucaristía. Capilla iluminada  merced a la energía solar, con bombillas de bajo consumo y linternas alógenas.

Allí con los padres salesianos Rafael y José Miguel compartimos la eucaristía. La Iglesia llena de hombres y mujeres, y algunos niños en los bancos. La misa diaria y ellos allí estaban. Tienen a Dios. Los cantos, fruto de los treinta años sin contacto con la Iglesia, en latín. A las ocho comenzamos la visita del poblado, ésta nos llevó al cementerio de los fundadores, algunas casas y un bar situado sobre una colina, con una panorámica del valle, atravesado por el río Niger, cual blanco rebaño serpenteante descendía hacia Mali. Comida, descanso, oración, cena, lectura y descanso.

Una jornada para dejarse acariciar por la luz africana, mirar, contemplar, sentir y conocer este sorprendente continente, compartir meses después con vosotros.

Tierra de niños de mirada penetrante y niñas convertidas desde pequeñas en cuidadoras de sus hermanos más pequeños, llevándolos como sus madres sobre las espaldas, arrodilladas limpiando el suelo y cargando sobre la cabeza el agua procedente de la fuente. Jóvenes soñando con una moto, niños en la huerta estéril. Casas donde la choza se funde con el edificio rectangular con su porche y habitaciones, sin luz, cocinas de carbón con las ollas africanas, ubicadas en el exterior. Animales domésticos, conviviendo con las personas. Niños que juegan con ruedas de plástico. Bares donde la televisión con su parabólica para ver los partidos de futbol europeos es la protagonista, a la que suman las cervezas en lata y los refrescos. Los vestidos estampados con vivos colores y los tejanos y prendas de vestir occidentales.

Todo tan diferente y a la vez tan semejante. Es el primer día, tiempo de silencio en la habitación y tiempo de encuentro con este pueblo acogedor, estas buenas gentes .

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