Atardece en
España. En África con la fuerza del sol tropical también, para amanecer e
iniciar de nuevo la dura jornada este continente.
Aquel día anoté
en la libreta: 5.30 levanto; 6 oficio de lecturas, misa y laudes; 7.15
desayuno; 10 visita y bendición de las casas; 13 comida (arroz blanco con
carne); 14 leo Enviat, es decir, el tercer libro del educador junior; 15
descanso; 16 bendició de las casas del barrio; 19 vísperas y cena; 20 tertulia;
22 leo y agenda; y una nube acompañada de una palabra, “torrencial”.
Iluminando cada
momento la presencia de los cristianos del poblado, la luz de quienes en la
oscuridad de la Iglesia iluminan con sus cantos y oraciones el pequeño templo.
Día de oración con ellos y con la pequeña comunidad salesiana, en la capilla de
la casa. Desde el amanacer todo es distinto en este lugar, tan pobre en medios.
Es la misión soñada, dura, muchisimos más que Kara, misión rural, parroquia
como este pueblo desde el que escribo y recuerdo, pequeña, donde todos nos
conocemos, una gran familia.
En la penumbra
de la Iglesia ellos oran, comienzan la jornada rezando el ángelus, invocando a
María, la misa en francés y maliké. Llueve. Unas niñas, protegidas por un manto
caminan sonriendo a la lluvia. Los jóvenes ayudan al padre Rafael. Y nosotros
con los monaguillos iniciamos la peregrinación por las casas del poblado,
bendiciendo el agua y rociando las habitaciones con ella. Les llevamos a Dios y
Él es el amor y el bien que cuida y protege. Así, pisando África, los caminos y
las casas conocemos a sus gentes y la realidad de este continente. Chapurreando
francés elevamos la plegaria. Ellos nos abren las puertas, las casas sin luz ni
agua corriente, con habitaciones cerradas para protegerse del calor de la
estación seca, techos de paja que protegen a la familia, ese gran bien de
África.
Continente vivo, donde todos trabajan. Y una
imagen que se repite, los niños transportando el agua desde la fuente hasta sus
hogares. Pozo excavado por los misioneros que abastace a la población, cuyo
preciado líquido alcanza la superficie mediante el pedaleo de los niños, una y
otra vez, llenan las garrafas de plástico, más pesadas que ellos y con la
tenacidad africana, al carro de dos ruedas y al hogar. Ellos sonríen y juegan,
porque para los niños hasta ir a cargar las dos garrafas de agua al pozo es un
juego.
La jornada
concluye. En el silencio de la misión.
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