domingo, 8 de junio de 2014

Sábado 3 de agosto. Pisando el poblado. Bendición de las casas.


Atardece en España. En África con la fuerza del sol tropical también, para amanecer e iniciar de nuevo la dura jornada este continente.

Aquel día anoté en la libreta: 5.30 levanto; 6 oficio de lecturas, misa y laudes; 7.15 desayuno; 10 visita y bendición de las casas; 13 comida (arroz blanco con carne); 14 leo Enviat, es decir, el tercer libro del educador junior; 15 descanso; 16 bendició de las casas del barrio; 19 vísperas y cena; 20 tertulia; 22 leo y agenda; y una nube acompañada de una palabra, “torrencial”.

Iluminando cada momento la presencia de los cristianos del poblado, la luz de quienes en la oscuridad de la Iglesia iluminan con sus cantos y oraciones el pequeño templo. Día de oración con ellos y con la pequeña comunidad salesiana, en la capilla de la casa. Desde el amanacer todo es distinto en este lugar, tan pobre en medios. Es la misión soñada, dura, muchisimos más que Kara, misión rural, parroquia como este pueblo desde el que escribo y recuerdo, pequeña, donde todos nos conocemos, una gran familia.

En la penumbra de la Iglesia ellos oran, comienzan la jornada rezando el ángelus, invocando a María, la misa en francés y maliké. Llueve. Unas niñas, protegidas por un manto caminan sonriendo a la lluvia. Los jóvenes ayudan al padre Rafael. Y nosotros con los monaguillos iniciamos la peregrinación por las casas del poblado, bendiciendo el agua y rociando las habitaciones con ella. Les llevamos a Dios y Él es el amor y el bien que cuida y protege. Así, pisando África, los caminos y las casas conocemos a sus gentes y la realidad de este continente. Chapurreando francés elevamos la plegaria. Ellos nos abren las puertas, las casas sin luz ni agua corriente, con habitaciones cerradas para protegerse del calor de la estación seca, techos de paja que protegen a la familia, ese gran bien de África.

 Continente vivo, donde todos trabajan. Y una imagen que se repite, los niños transportando el agua desde la fuente hasta sus hogares. Pozo excavado por los misioneros que abastace a la población, cuyo preciado líquido alcanza la superficie mediante el pedaleo de los niños, una y otra vez, llenan las garrafas de plástico, más pesadas que ellos y con la tenacidad africana, al carro de dos ruedas y al hogar. Ellos sonríen y juegan, porque para los niños hasta ir a cargar las dos garrafas de agua al pozo es un juego.

La jornada concluye. En el silencio de la misión.

No hay comentarios:

Publicar un comentario