Aquel día fue
muy especial para ellos y ellas. Si iban de campamento gracias al Padre Rafael
y el salesiano Eli. Todo lo más barato posible: autobús gratuito, estancia en
el Centro Pere Michel de Bamako, muy semejante y muy diferente a nuestros
campamentos.
Así quedo en la
libreta:
Los niños
esperan alegres el autobús. Son las 8.40. Sigue lloviendo. La misión es pobre,
así la luz proviene de las placas solares, el jabón es el de antes, y la cama
es vestida con dos pobres sábanas y una manta. No hay hambre, los niños comen.
Es la tierra prometida para sus antepasados, quienes con los misioneros se
establecieron allí, buscando vivir la religión católica en paz. No hay luz en
el poblado, si hay fuente. La noche es oscura desde las 19.15. Gente alegre y
acogedora. Sueño con regresar el próximo año. El deseo es más felicidad que la
realización del deseo. Cuento los días que faltan para volver a África, pero si
estoy aquí, mañana viviré lo que hoy vivo. Suena el tam-tam. África es vida.
Aquí el África es menos profunda que en Togo, faltan las danzas, los ritos, el
colorido, quizás por la cercanía al Sahel, así es otra África. Los jóvenes
pasan por la ventana.
Las doce y el
autobús no ha llegado. Se le espera desde ayer.
6.30 levanto; 7
laudes y desayuno; 9 misa; 10 esperamos el autobús, leo Lumen Fidei; 12
descanso; 13 comida; 14 descanso; 16.30 llega el autobús, despedida de Rafa,
Elí y Pablo; 17.30 bendición de las casas del pueblo; 18 hora intermedia y
oficio de lecturas; 18.30 vemos una película; 20 vísperas y cena; 20.30
seguimos con la película; 22.30 agenda.
Un día termina.
Los niños han partido, la misión ha quedado desértica. Permanecemos el padre
José Miguel, Sergio y yo, a los que se ha sumado un seminarista. Demasiado
silencio. Como en Siete Aguas, sin niños. En las bendiciones bendigo a un recién
nacido. Sorprende el número de recién nacidos, de madres jóvenes con sus niños
en la espalda.
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