Aquella jornada
estuvo marcada por el entierro de Leonard, muy semejante al celebrado en
nuestros pueblos hace décadas, cuando el sacerdote con los monaguillos visitaba
la casa, desde allí se iniciaba la comitiva hasta la Iglesia y de ésta al
cementerio, procediéndose en cada momento los ritos previstos por ritual.
Mañana de lágrimas, porque el africano que tiene una piel dura y es fuerte,
llora y sufre la muerte de los seres queridos. Lo más significativo el gesto
ante la tumba, donde todos derraman agua bendecida sobre el féretro. Bueno y la
visita a la morgue, una cámara frigorífica alquilada por la mina de oro, sin
olvidar la cantidad de fotógrafos, con sus móviles y cámaras de video
inmortalizando en el lugar de la muerte desde la colocación del cadáver en el
ataúd hasta su entierro.
Tradición
ancestral, la asistencia de los parientes lejanos y por ello desde la muerte
hasta el funeral se espacian unos días, a fin de facilitar su llegada.
Por la tarde
vivimos por única vez la imprudente experiencia de circular en moto sin casco
en una ciudad donde los accidentes son numerosos y graves. De este modo
visitamos las casas de los cristianos residentes en el pueblo, la levadura en
la masa, cuales Carlos de Foucauld, sumergidos en el Islam, cristianos en la
frontera, donde se ganan el aprecio de sus vecinos mediante la vivencia del
Evangelio.
De este modo
conocimos como viven en un pueblo, vida siempre mucho más duda y estresante que
en la ciudad. En el corazón de ella los espacios son reducidos.
Así disfrutamos
de la tarde, para después compartir la experiencia con los padres salesianos,
Rafael y José Miguel.
Al anochecer
África permanece en silencio.
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