martes, 10 de junio de 2014

5 de agosto. El entierro y en moto.


En la agenda anoté: 6.30 levanto; 7 laudes y desayuno; 9 vamos a la morgue de la mina de oro, traemos el cadáver; 10 entierro de
Leonard; 1.30 comida, pollo y arroz; 2 leo y levanto; 4.10 visita y bendición de las casas de Siguir; 6 misión; 7 vísperas; 7.30 comida, tortilla y espaguettis; 8 tertulia; y 11.30 agenda, día lluvioso. Antes he apuntado: un día fantástico, estado de ánimo alto, me arrepiento de lo escrito el domingo, feliz, África va penetrando en el corazón.

Aquella jornada estuvo marcada por el entierro de Leonard, muy semejante al celebrado en nuestros pueblos hace décadas, cuando el sacerdote con los monaguillos visitaba la casa, desde allí se iniciaba la comitiva hasta la Iglesia y de ésta al cementerio, procediéndose en cada momento los ritos previstos por ritual. Mañana de lágrimas, porque el africano que tiene una piel dura y es fuerte, llora y sufre la muerte de los seres queridos. Lo más significativo el gesto ante la tumba, donde todos derraman agua bendecida sobre el féretro. Bueno y la visita a la morgue, una cámara frigorífica alquilada por la mina de oro, sin olvidar la cantidad de fotógrafos, con sus móviles y cámaras de video inmortalizando en el lugar de la muerte desde la colocación del cadáver en el ataúd hasta su entierro.

Tradición ancestral, la asistencia de los parientes lejanos y por ello desde la muerte hasta el funeral se espacian unos días, a fin de facilitar su llegada.

Por la tarde vivimos por única vez la imprudente experiencia de circular en moto sin casco en una ciudad donde los accidentes son numerosos y graves. De este modo visitamos las casas de los cristianos residentes en el pueblo, la levadura en la masa, cuales Carlos de Foucauld, sumergidos en el Islam, cristianos en la frontera, donde se ganan el aprecio de sus vecinos mediante la vivencia del Evangelio.

De este modo conocimos como viven en un pueblo, vida siempre mucho más duda y estresante que en la ciudad. En el corazón de ella los espacios son reducidos.

Así disfrutamos de la tarde, para después compartir la experiencia con los padres salesianos, Rafael y José Miguel.

Al anochecer África permanece en silencio.

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